La llamada que lo arranca todo
Marta Bécares, vecina del barrio de Pizarrales, llamó el 12 de enero a tres instaladores de la capital. No pidió presupuesto. Pidió que le explicaran por qué su caldera de gas consumía 1.840 euros entre octubre y marzo, con la casa a 19 grados, en un piso de 88 metros cuadrados con ventanas de aluminio sin rotura de puente térmico y una orientación oeste que castiga cada tarde de diciembre.
El primer técnico que respondió fue Eloy Martín, de una empresa con taller en la avenida de los Cipreses. Tardó cuatro días en pasar por el piso. Esa visita inicial, que casi nadie cobra, dura entre 40 y 70 minutos y sirve para algo muy concreto: saber si el problema está en el aislamiento, en el sistema de emisión o en la propia caldera.
Nadie firma nada ese día.
Lo que se busca es un diagnóstico verbal, con cifras aproximadas. Si el técnico promete cifras exactas sin medir, mala señal. Si evita mirar la factura, peor.
Lo que conviene tener a mano
Antes de esa visita, hay que reunir papeles: la factura completa del último año, no solo el recibo de enero, la superficie útil de la vivienda que figura en la escritura o en la nota simple del Registro de la Propiedad y el año de construcción del edificio, un dato que en Salamanca cambia mucho según se esté en el centro histórico o en los bloques de la avenida de Portugal.
Con esos tres documentos, la conversación se acorta de forma notable.
Sin ellos, el técnico vuelve otra vez y se pierden entre diez y quince días. Ana Belén Santos, administradora de fincas en la calle Toro, lo resume así: quien llega con la factura y la superficie resueltas avanza el doble que quien llega con un 'más o menos'.
Del diagnóstico al presupuesto
El diagnóstico escrito llega entre cinco y doce días después de la visita. Incluye mediciones, fotografías del cuarto de calderas y una propuesta técnica. No es todavía un presupuesto cerrado.
Luego viene la fase que más se alarga: pedir dos o tres ofertas comparables. En Salamanca, con la demanda que hay entre octubre y febrero, cada presupuesto tarda de media dos semanas. Si se pide en mayo, baja a ocho o diez días.
La comparación no es solo de precio final. Hay que mirar la potencia propuesta, la garantía de la máquina y el plazo de ejecución. Una oferta un 12% más barata puede esconder una caldera de gama inferior o mano de obra sin seguro.
Cuándo se habla de dinero
El dinero entra en la segunda reunión, nunca en la primera. Ahí se detallan partidas: equipo, materiales, mano de obra, gestión de subvenciones y retirada del aparato viejo.
En una vivienda de 90 metros cuadrados en el barrio de Garrido, sustituir una caldera de gas por una aerotermia con suelo radiante ronda los 9.400 euros antes de ayudas. Con los programas de eficiencia vigentes, la cifra puede bajar a 6.100 o 6.800 euros, pero el cobro de la subvención tarda entre cuatro y ocho meses.
Ese desfase es lo que más sorprende al cliente.
La señal habitual es del 30% al firmar el contrato, otro 40% cuando llega el material y el resto a la entrega. Los instaladores serios no piden el total por adelantado.
Plazos reales de la obra
Desde la primera llamada hasta la firma pasan, en el mejor de los casos, cuatro semanas. En pleno invierno, entre seis y nueve.
La ejecución en sí depende del alcance. Cambiar solo el generador ocupa dos jornadas. Instalar suelo radiante en toda la casa exige entre ocho y doce días, con la vivienda vacía o semivacía. La obra termina con la puesta en marcha y el certificado del instalador, que se firma el mismo día de la prueba, un documento que después hay que conservar porque lo pedirá la administración si se reclama cualquier ayuda autonómica o estatal.
Queda un último trámite: registrar la instalación en la Junta de Castilla y León si se opta a subvención. Ese papel, que muchos olvidan, condiciona el cobro posterior.